No se equivocaron los representantes de ochenta y seis partidos comunistas y obreros de todo el mundo cuando no hace mucho coincidieron en definir que Nuestra América es la región que en los días que corren presenta mayor dinamismo en todo el planeta. Esto es algo que verificamos cotidianamente haciendo una lectura de todo aquello que generan, aun desde sus asimetrías, los procesos que se están desarrollando en Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua o Ecuador. Lo sabemos los pueblos, pero también el imperio que no descansa en su intervención directa o solapada, tendiente a desestabilizarlos.
En este contexto, sería al menos ingenuo imaginar que se puede plantear la construcción de una alternativa política en nuestro país que esté escindida del espíritu que moviliza a esos procesos populares que recorren América Latina.
Se trata, entonces, de la necesidad de plantearnos una tarea de carácter simultáneo y convergente, algo en lo que los comunistas dimos ya los primeros pasos con la alianza programática que construimos junto al Partido Humanista, cuya génesis está impregnada por un claro sentido latinoamericanista.
Es en esa dirección que se hace preciso reafirmar y profundizar el rumbo de la tarea ya emprendida, para lo que es fundamental contar con una expresión política que represente a estos fenómenos de manera programática. Pero asimismo, que lo haga con las clases y capas sociales interesadas en los cambios que desde un marcado contenido antimperialista transitan un camino que ya plantea la construcción de una novedosa institucionalidad en la región.
La abierta presión que el imperio y los nostálgicos del Consenso de Washington ejercen en estos días en Bolivia y Venezuela encuentra en los pueblos una barrera infranqueable que está dispuesta a no dejar que esta vez se frustren los procesos que los tienen como verdaderos protagonistas.
Queda claro entonces que es en la construcción de unidad, a partir de un criterio de amplitud, pero también de una contundente profundidad programática, desde donde se puede ir configurando una herramienta política apta para el cambio.
En nuestro país, la convergencia de sectores sociales del movimiento obrero y las capas medias es un camino para ir conformando la masa crítica necesaria para lograr una representación política que recorra la izquierda y la centroizquierda. Una herramienta que reclame un papel de disputa en un escenario que, se pretende, esté solo reservado a la derecha y la Tercera Vía.
En esta dirección, la Paritaria Social aparece como un espacio de debate con el Pacto Social propiciado por el gobierno, pero también como una instancia desde la que debemos trabajar para profundizar la demanda por reivindicaciones concretas como la salarial, las vinculadas a las jubilaciones, la seguridad social, las condiciones laborales y programas amplios de crecimiento, ocupación e inserción internacional. Esto es, un espacio desde el que podemos aportar a la construcción de un programa estratégico de carácter popular, antimperialista y liberador.
viernes, 30 de noviembre de 2007
La dinámica de Nuestra América
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